La Cortedad De Las Escarchas

22 y 27 ya no estarán juntos, ni en las afueras de la vida. Y las espumas de las copas se separaron, se pasaron olvidando los retenes a la opacidad del cristal y de las buenas aventuras la pululación de periplos en categoría cosmogónica chilena, a lo alienígena Juliano, tentando a lo Galvanesco. Poco a poco se fueron agrediendo hasta disimular la manía del corcho y olvidarse del pasado era cosa del pasado, solamente. Desde atrás eran ellos dos, solos, cada pie en la misma acera; uno pensaba en traducir ese gesto que hacía pareja continúa con la pronunciación irresistible de todo lo asimilado con esa terminología de cultura-carácter de “logía”, y la otra olisqueando los pormenores las contradicciones de los camiones urbanos o las orugas la fluida escapatoria de su realidad con la de él que sólo reflejaba una secuencia frívola en lagos de boyas procedentes de un asterisco y una interpretación viuda, y la esencia era ‘lo general como si todo es quasar’ -tomado en cuenta desde la significación astronómica del vocablo-, con pellizcas de holocausto rasurado relegado por géneros de terror ruso, relegado por un tal Charlie Parker o un trivial de ésos que te hacen actuar en llanto de Cannes. En el crucigrama del capitulado de las novelas de septiembre, suelo remarcarla con hendiduras de aceite de oliva, y rompí sus fotografías que hay en los forros de ‘El miedo del portero ante el penalty’ del celuloespectro en materia artística Wenders –o el fanático a 8 ½ del poeta triste de mamá-. Me alivió el saberme que por el mundo de puchadores de video hay un canal para apreciar EraserHead –y cada uno se calló y cada uno de nosotros tres Lynchó-, sin embargo aún me es táctica familiar ver irse a mi madre y escoger sus tubitos de esterilidad mientras compra para mis hermanas un medio de diezmillo y su dieta de payasos. Intento, de veras lo hice. Aunque parto al sur y sus ojos y sin purria que me detenga ella descrupulada fémina escasa me recuerda y se arrepentirá de escribirme con remitente a Leviatán. Le pesarán los túneles y los alcoholes. Se le abrirá un rehilete y viñetas en surcos de abandono en su jeta de malagüera. Y la sombrilla y cacharros del dren estarán a su lado en espalda baja, cumpliéndole a sus tetas cabizbajas como lo haría un Pollock-Munch en sus contextos oníricos reales. 22 decidió dejarla. Por pendeja. Por qué más. Por qué más se plastifica a un amor, porque las tablas de romanticismo y los peluches gigantes y los celulares con protectores rositas son una teoría surrealista que hay que aprender a apreciar en el poema de los corazones resquebrajados, hay que creerse directores de cine para filmar reacciones de amor, hay que reanudar la mescolanza del lenguaje de la imagen del lenguaje técnico con el del lenguaje de Burgess, y ver nacer de la psycho vulvosa un docto esbozo del screenplay peligroso del ‘resentimiento’ humanístico. También hay que ser Dios cabrón felonesco como yo para decir arrevou you dear chinche novena. Sí toqué su ombligo, pero preferiría haber anotado en su boca algo de moléculas y toros muertos un tanto de sinónimos y antónimos y de innovaciones verbales de acuerdo a la erosión lingüística de la RACEFN –la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales-. La asertividad, un caos marino con monstruos de aire y rolas de planos largos de hellowen y rata. Pero es lo mejor que me ha pasado, desde que me enteré que puedo fumar sin enamorarme.

27 está perdida, ojalá muerta.

Texto:
Roberto Culo